Una de las mayores satisfacciones que me ha dado mi acceso al conocimiento humano es el de la lectura. El descubrimiento de tantas historias reales o inventadas, imágenes del mundo, señales de lo divino, instantáneas del infierno, tanto que nos dice de lo que somos... a través de una combinación de letras que dan palabras que inician frases que componen... cualquier cosa.
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O casi. He descubierto, desde que puedo y me dedico a exponer mis ideas, emociones, experiencias, etcéteras, a través de esta increíble herramienta humana que es el lenguaje, que sin embargo se produce un salto entre determinadas vivencias o experimentaciones del mundo y su reflejo en palabras. Termina surgiendo un sentimiento de frustración. Y encima no tengo un dedo pulgar oponible que me permita disfrutar del placer de la escritura amanuense, tal y como a veces veo hacerlo a mi alrededor. No me quejo del todo, así está bien, en el ordenador, porque luego puedo introducir los espacios y todo cobra sentido, pero me hubiera gustado haber podido experimentar ese momento en que quizá el bolígrafo o la propia tinta tienen más de extremidad que de herramienta. He probado a atarme un rotulador (un retu, dice mi dueño que se decía cuando él era pequeño) con cinta aislante alrededor de la muñeca, pero no me salen más que rayajas, cosas sin sentido. Lo peor de todo viene después, al quitarme la cinta aislante.
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Música añadida: no añado música porque goear está actualizando los servidores y dicen todo el rato que volverán en unos minutos. En descargo de esta falta, incluyo otra viñeta de Gary Larson. Si sus abogados tardan mucho, aún podré exponer alguno más en otras entradas.

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