sábado, 22 de mayo de 2010

Ideas humanas sorprendentes (5): Libertad

(Imagen: la libertad anulada)


Libertad. Cuando sólo perro no sabía de esta palabra, supongo que los animales no la conocemos porque tampoco la necesitamos, que no es el asunto de hoy. Libertad. Haber descubierto primero esta palabra y posteriormente su significado ha producido progresivamente en mí, como es lógico, un cambio de conciencia. Y por tanto de actitud. Sin embargo, y como deja patente la primera fotografía aneja, hay facetas de mí que son inamovibles, y ya me jode. He de felicitar a mi dueño, mal que me pese, por sus habilidades para domar algunos aspectos de la personalidad canina, condicionándome para someterme ante la comida, principalmente, aunque ésta sea una simple patata frita. Él lo llama premio. Yo lo llamo cabrón.
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Haber adquirido intelección y enfrentar desde fuera la comprensión de conceptos humanos me está provocando ciertas confusiones. Porque en tantos casos constato incoherencias, no veo la relación entre el significante y el significado, por tanto entre la palabra y la acción, de muchos de esos conceptos, y en particular éste de la libertad. Tengo la impresión de que se trata de una de esas palabras que ya no tienen aquel sentido primigenio, como las de algunas herramientas de oficios que nadie usa ni usará más y cuya palabra se mantiene en el diccionario como la pieza de utillaje en el Museo Etnológico de Los Llanos de Almodóvar del Río, Córdoba.
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En particular, esta impresión de vacuidad en la palabra libertad la veo en la relación que tienen los humanos con sus políticos. Me quedo con la boca abierta de lo que son capaces unos de hacer y otros de tolerar año tras año, votación tras votación. En realidad somos muy similares en el modo en que nos controlan. A mí me lo hacen con una patata, a ti con una palabra. Lo que sí nos diferencia es que yo eso no lo puedo cambiar.
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No sé qué le pasa últimamente a mi dueño. Se repite demasiado en las cosas que cuenta. El típico pesado, ya ven. Pero es cierto que hay determinadas cosas de ésas que lleva contando y reproduciendo desde hace un buen número de años que me permiten en ocasiones obtener algo de conocimiento útil de él. Sí, de él. En este caso a través de una cita. Su insistencia me permite reproducirla de manera literal, tal y como él se la escuchó a José Saramago, como introducción de su discurso en la Universidad de Salamanca al ser nombrado honoris causa, o algo de eso. Las palabras son, según el Nobel portugués, no lo he contrastado (mi dueño tampoco, estoy convencido), del filósofo Francis Bacon: "Nada hay más atractivo para el hombre que la libertad de conciencia". Yo prefiero sustituir el confuso genérico "el hombre" por "las personas", por tanto: "Nada hay más atractivo para las personas que la libertad de conciencia". Estoy tan a favor de este pensamiento que me provoca tristeza ver, desde esta objetividad canina, qué poco extendido está, qué pocas personas verdaderamente libres e íntegras se enfrentan a su día a día. Hay tanto miedo de ser un mismo que desanima. Porque el individuo es la libertad y la masa el anticristo.
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Veo también con pasmo cómo las relaciones humanas, pero sobre todo las que llamáis amorosas, se organizan desde su inicio alrededor de un cúmulo de confusiones, de palabras calladas, de apariencias, de pretensiones. No en todos los casos, es cierto, pero es tanta la gente que busca en otros de manera desesperada un complemento, síntoma de carencias importantes y de un deseo inconsciente de anulación, en lugar de completarse primero y después ofrecerse de manera íntegra. Literalmente.
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Quiero terminar, no tan fuera del tema de la libertad, con una viñeta de Gary Larson, a quien recomiendo siempre que puedo. Es posible que en poco tiempo reciba una notificación de los abogados de Larson para que lo retire. Cosa que haré, claro. Muestra una de las capacidades que aún mantengo de mi yo animal: puedo anular mi entendimiento. Muy útil, en determinados momentos.


(Imagen: what dogs hear, de Gary Larson)

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