Esta tarde he dado un paseo, como es costumbre, por un solar cercano a casa. Está lleno de arbustos, matojos, plantas, claros de arena, latas de cerveza, papeles, colillas, calcetines... lo normal; y sólo limpian el solar cuando a alguno de los elementos mencionados anteriormente y muchos otros sugeridos en los puntos suspensivos se le puede empezar a nombrar árbol. Ése es mi solar. Como por mí, es muy frecuentado por otros perros, para los humanos es una especie de Pachá de perros, o al menos una biblioteca con cafetería.
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Acostumbrado a mirar al suelo cuando voy por la calle, guiado por mi olfato, veo de cerca las cosas pequeñas. No estoy tan alejado del suelo como un humano, mi medida de las cosas es diferente. Antes, cuando era perro y sólo perro (ni podía pensarme como tal), percibía las cosas que entraban por mis ojos sin saber que había un nivel inferior, inapreciable, que compone todas las cosas. Saberlo ha supuesto una revelación.
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Uno no deja de pensar en las cosas. Al hilo de lo mencionado en una entrada anterior ('Ideas humanas sorprendentes (1)', 28 de marzo de 2009), quiero hacer una propuesta para la idea humana sorprendente de inventar dioses. Propongo un dios: el Gran Átomo (el nombre aún hay que depurarlo). Siendo realistas, cumple a la perfección la premisa de estar en todas partes y serlo todo. Gran Átomo está en todo lo que ves. Pero además es sensible, y de qué manera, a las mínimas variaciones en cualquier punto del inmenso flujo de energía del todo, energía que nunca desaparece aunque cambie de forma. El átomo tiene trazas de demostrabilidad, eso parece por lo que leo, y si no, al menos es una idea razonable. Por qué no aprovechar algo que está tan al alcance. Gran Átomo es, sin duda, la luz, es, sin duda, la vida. Pero es más y de hecho supera todo eso. Gran Átomo seguiría allí, inmutable, sin la luz y sin la vida.
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La parte iconográfica de este dios sería por supuesto un núcleo al que se ve que le sobrevuelan, de tanto en tanto, como las moscas los electrones.