De las humanas explicaciones del mundo que se van poniendo a mi alcance a través de la lectura y documentales, con diferencia, la más convincente es la que proviene de la interpretación científica. No encuentro nada más cabal, fascinante y esperanzador que la propia historia del universo. Hay otras historias, éstas ya claramente inventadas, sobrenaturales, leyendas asentadas en muchos casos en hechos reales que quieren dar al hombre una respuesta, un sentido. En fin, una explicación. Ésta es la primera idea que me llama la atención de los humanos: inventemos un dios.
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El homo sapiens ocupa un lapso temporal mínimo en los millones de años de historia narrable. Hasta entonces no había hecho falta ningún tipo de dios. Nadie lo podía haber pensado, nada lo necesitaba. No existía. Es cierto que tampoco nadie pensaba un árbol, y el árbol sí existía. Es lo que sabemos ahora. Por eso da la impresión de que la idea de dios surge sólo de la mente.
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Y es que quizá sea así. Que el desarrollo de la vida haya dado la opción de pensar que hay un dios, una disponibilidad genética a la creencia ciega en la existencia de una entidad superior que lo rige todo. Quizá si hay que poner a alguien en un plano superior, por el cambio que supuso en el pensamiento su idea sobre la evolución basada en la selección natural, es a Darwin, que encima es un tío del que se tienen pruebas de que existió.
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