Feliz 2009. Lo felicito de parte de mis dueños, a mí me da igual. A mí me cuentan lo que voy viviendo, y me lo sé porque se lo preguntan mucho a mis dueños cada vez que me pasean. Y cuánto tiempo tiene, les preguntan, aunque lo más habitual es: es cachorro, ¿no? Pues no. Tengo casi ocho años (los cumpliré el uno de abril) y los huevos pelúos, como cuenta mi dueño que decía una amiga suya de Huelva. Sería algo así como haber pasado los cincuenta del lado humano. Y todavía no he echado un polvo...
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Decía que algo sé de gatos porque al poco de nacer me llevaron de cabeza a un hogar con dos gatos, que luego fueron tres y llegaron hasta seis, si no recuerdo mal. Eran días confusos, háganse cargo, yo era un enano... Mis referentes eran dos gatos, al principio, como ya he dicho, Punto y Coma se llamaban, y dos humanos, visitas aparte. Con quien más tiempo pasaba era con los gatos. Con uno de ellos, un macho tranquilo, me llevaba muy bien, sin problemas. La chunga era la gata. Desde el principio marcó una diferencia, apenas bajaba a mi altura. Yo, lógicamente, intentaba establecer contacto con ella y entiendo que quizá fui muy brusco en mis tentativas, ya se sabe cómo es el mundo animal, el hocico directamente en el tema, y ella me bufaba e intentaba arañarme. Acabamos llegando a un acuerdo, pero nunca fui de su agrado. Luego llegó otro gato, Kafka, que se dejaba hacer absolutamente todo lo que quisieras y aprovechaba la mínima oportunidad para subirse a las rodillas de cualquiera que se sentara. Después Punto desapareció. Oí que lo mató un perro, el pobre. Y después Coma se quedó preñada, nadie sabe con certeza de quién, aunque todas las sospechas recayeron sobre Kafka, el muy pillín. Yo lo vi. Vi cómo nacieron de una gata cuatro gatos tan pequeños... Fueron dos machos y dos hembras. Ocho, que fue el nombre de uno de los machos, se quedó con nosotros un tiempo, los otros tres viajaron. Luego viajé yo, etcétera.
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Lo que vengo a decir es que llegó un momento en que me di cuenta de que yo no era un gato, finalmente. Había creído serlo, eso me decía mi entorno, mi reflejo eran los demás, pero hubo un instante en que fui consciente de mi diferencia. Y ahora no sé qué hay de mi comportamiento que me pueda venir de ellos. Mis dueños, sobre todo él, a veces dicen que algo que hago es de gato, y puede ser, están en la base de mi aprendizaje.
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Después de experimentar la diferencia (sin saber en realidad qué otra cosa era yo, que no gato), descubrí que soy un perro. Eso no me dio muchas satisfacciones, por lo que he ido conociendo de mi condición, pero me facilitó también diferenciar lo que eran los humanos, que es evidente que también algo de ellos se me ha pegado, al final. Así, me descubrí un buen día entendiéndoles, primero a través de sus gestos, la fuerza de sus palabras, y más tarde encontrando sentido a las construcciones y, más allá, pudiendo expresar mis propios pensamientos en el lenguaje humano. El mundo es más amplio, desde entonces.